Nada lo reduce:
Por mucho que me digas que hay un sitio en el que te evoca a
mí. Por mucho que tu garganta trague saliva y me digas que me quieres. Por
mucho que quisieras solucionar mis problemas; nada.
Estoy cansada, a veces de escucharte, escuchar esa risa que
quisiera recuperar mi humor. Sabes que mi humor empieza a ser negro. Sabes que
soy fácil de contagiarme. Me infecto con cualquier mueca.
No sé, Gregorio, adoro que andes ahí, tú siendo en la ciudad,
eres ciudad, sabes eso. Sé que te cansas como yo. Hay mucha sensibilidad
entre nosotros. Los dos nos queremos cercas, muy cerquitas, no sé; hay un apego
muy muy fuerte, como umbilical. Hay algo, que en la infancia nos acompañamos, y
ahora de adultos, sólo nos soñamos estar juntos, recuperarnos, tener un
coestar, preguntamos demás por nosotros mismo como si quisieras nadar en todo
este tiempo en el que no estuvimos en casa. En esas tardes, en las que, la
sobremesa era la cama, y sólo consistía en escuchar música clásica, contarnos nuestra vida, nuestros apartados más
íntimos. Recuerdo que llegó haber lagrimas, pero siempre con una afirmación muy
fuerte, un hilo que hizo nudo, por mucho que dijéramos que cualquier promesa o
apoyo era incondicional.
Ahora, cada vez que colgamos una llamada, la historia y la
distancia pesa. Pesa saber que estas a 24 horas y en avión a dos horas. Eso me
pesa muchísimo, saber que quieras hacer algo y que sé que te encantaría que
pasará una tarde contigo o un momento de lluvia contigo, eso Gregorio, eso me
duele, porque sé que no estoy ahí, para ver cómo te hago reír, porque sé que me
extrañas, y sabes muy bien, que aunque me digas que me extrañas, no terminar
por alcanzar esa voz que quiere salir, tu cuello no alcanza a alargarse más. Es
difícil, nuestras vidas, nuestra época se ha vuelto un remolino de
sentimientos. De distancias prolongadas en las que sé muchas veces, que por más
que hablas, sé que en un algún momento quieres guardar silencio, y sólo quieres
ser ahí. Me encanta como a veces, prefieres que hable la lluvia, a querer
articular cualquier palabra. Y yo estoy ahí, imaginándote, en silencio, imaginándote
que volteas a ver el paisaje, quizá.
Me a dolido mucho que sigas lejos, o mejor aún, que yo siga
lejos. No sé, qué sería mejor, en este momento. Pero entonces, déjame decirte
que siempre hay un destino para las lágrimas, cuando se acaba la conversación.
He aprendido ahora, en sólo confiar en los intersticios.

